domingo, 3 de agosto de 2014

Sobre mí, decido yo


Las antiguas Tradiciones espirituales de todo el mundo nos dicen, de un modo u otro, que el ser humano está dormido: se mecaniza, funcionando desde sus mandatos aprendidos, ajeno a su identidad más esencial. Así, la vida que va construyendo no es exactamente la propia, sino la que el entorno condicionó en su personalidad. Dicen estas Tradiciones que el hombre está llamado a despertar: ese estado de condicionamiento es muy semejante a un sueño. Y “despertar” significará darnos cuenta de quiénes NO somos, para comenzar, poco a poco, a construir una identidad ya no de afuera hacia adentro, sino de adentro hacia fuera: desde nuestra identidad más esencial, autodeterminánodos. Sólo de esta manera un ser humano puede cumplir su real Destino.

Esto implica, generalmente, un despertar doloroso: nos damos cuenta, quizás, de que la pareja que hemos elegido, nuestra supuesta vocación, y distintos patrones que conforman la vida que hemos construido no son acordes a nuestra legítima identidad. Generalmente esto sucede hacia la mitad de la vida: ya hemos “cumplido con lo que la sociedad manda”: la profesión, los estudios, formar pareja, tener hijos... Pero de pronto algo dentro empieza a pujar, como un crío que estuviera pidiendo espacio para nacer: se va abriendo paso una nueva visión de sí mismo, de la vida, de los demás, de la intuición sobre nuestro propio Destino...

No es fácil, claro que no! Porque cuando comenzamos a ver, es natural que haya una marcada insatisfacción personal: uno se inculpa de las malas elecciones que hizo, se da cuenta de cuánto se engañó, cuánto trató de agradar o de cumplir las expectativas de los demás, o cuánto se forzó a sí mismo para no cumplirlas, rebeldemente (y eligiendo, por oposición, también algo ajeno a nuestro más hondo sentir!). La cáscara de la personalidad cae, como una costra de barro secado al sol... Y puede advenir como una sensación de desnudez: no querer ser como se fue hasta ese momento (porque ya no nos sentimos cómodos con esa identidad fabricada por los otros), pero aún no saber cómo ser uno mismo. Es decir: se sabe, poco a poco, lo que NO se quiere, aunque aún no haya claridad respecto de lo que SÍ anhelamos desde lo profundo. Los sufis le llaman a esto “estar sentado entre dos sillas” (posición incómoda si la hay: vamos dejando de estar cómodos en la primera, pero aún no nos hemos instalado en la nueva). Es una etapa que requiere de nosotros respetar nuestra propia confusión, y asumir trabajar sobre sí para poner un nuevo orden en ese Caos personal. Tan universal es este fenómeno interno que hasta el Dante comenzó su “Divina Comedia” diciendo: “En medio del Camino de la vida / yo me encontraba en una senda oscura / en que la recta vía había perdido.”...

Carl Jung (precursor del paradigma Transpersonal), decía que la primera mitad de la vida está destinada al proceso de diferenciación, es decir, a construir un Yo sólido, que poco a poco se vaya discerniendo del Inconsciente Colectivo (de lo que el entorno condiciona, de los mandatos familiares, de las expectativas ajenas). Y que hacia la mitad de la vida, es como si uno se dijera hacia sí mismo algo que puede tener fuerza sagrada: “Sobre mí, decido Yo”. Ese paso es crucial en el proceso de individuación (y existen millones de seres humanos que no llegan nunca a esa instancia de madurez). A partir de allí, la segunda mitad de la vida requerirá de un proceso consciente de integración interna: asumir nuestras contradicciones, desplegar nuestro potencial, afirmarnos en el mundo (ya no desde el afuera, sino desde el Sí Mismo). El Sí Mismo es esa porción del Todo que nos encarna, y que sobre todo a partir de esa etapa es la que puede tomar el timón de nuestra vida, y ya no el Yo que fuimos construyendo en la primera mitad, el cual comenzará a estar al servicio de nuestra Esencia (es decir, será trascendido por el mando de una instancia más sutil). A este fenómeno del despertar, propio de la mediana edad, se le llama “la Llamada”: una voz interna nos exige que seamos quienes vinimos a ser, independientemente de lo que otros esperen que seamos (y más allá de las antiguas autoimágenes que hayamos construido): convertirnos en una persona autodeterminada.
Esto no sucede por sí solo: es un proceso que necesita de nuestra participación consciente. Pero, como decía Krishnamurti, se trata de ejercer una conciencia sin opción: ya no se puede uno resignar a ser quien no es, ya no puede volver atrás. De modo que: a parirse, aunque duela! Es el paso indispensable para encarar nuestra real identidad.§

© Virginia Gawel
www.centrotranspersonal.com.ar

Publicado por la revista "Uno Mismo", año 2007.

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