domingo, 3 de agosto de 2014

Vivir es un oficio

Hay una línea muy delgada que es la más ancha de todas: la que divide la intención respecto del acto. La intención es como un arco estirado (más in-tensión que intención); pero hay vidas que se van con el arco estirado y sin flecha alguna; vidas que han sido espera por vivir; vidas tan “imperfectas” que no alcanzaron nunca a cargar la flecha en el arco…

No quiero eso para mí. Nunca lo quise. Pues el oficio del arquero es tensar el arco cargando la flecha, y errar. Errará, errará, y errará. Es su único medio de acertar. Pero se acierta haciendo, no apuntando a perpetuidad. De hecho, la palabra “oficio” creo que es muy buena: la define el diccionario como “las labores a las que se dedica una persona”, y su etimología viene de “opus” (obra) y “facere” (hacer). Hacer nuestra obra. Qué otra cosa es, si no, vivir? Apuntar a perpetuidad? Anhelar sin intentarlo? “Quien desea y no obra engendra peste”, decía William Blake. Y los que solemos trabajar con el tema de la muerte sabemos que cuando alguien ya sabe que se irá, lo que más suele lamentar es lo que no se atrevió a hacer. Para cada uno es diferente: para alguien era un desafío amado el tirarse en paracaídas; para otro, animarse subir a un escenario más allá del temor al ridículo; para alguien más, buscar a quien amó durante toda la vida y no haberlo hecho por miedo al rechazo… “Me la he pasado templando mi instrumento, y aún no he cantado la canción que vine a cantar”, decía el poeta Tagore. Pues… a cantar!! 

Si vivir es el oficio de hacer la propia tarea, requerirá de condimentos precisos; rara vez puede faltar alguno de éstos: 

Osadía: La audacia es darnos cuenta de que la mayoría de nuestros temores vienen en un frasquito cuya etiqueta dice: “Irrealidad”. El resto de los miedos va en otro frasquito, y no hay que confundirlos. Su etiqueta dice, claramente: “Prudencia”. Y ése nunca antidota a la osadía, sino que la modera sabiamente…

Fortaleza ante la frustración: Sostener la creencia de que, porque pongamos lo mejor de nosotros mismos, “todo va a salir bien” puede nacer del pensamiento mágico (como el de los niños). Ejercer el oficio de vivir precisa que practiquemos, como en el Aikido, destreza para caernos, inteligencia para golpearnos lo menos posible y dignidad para levantarnos…

Resistencia para ser, eventualmente, impopular: Esto es, saber que si nos empeñamos en ser nosotros mismos y plantarnos en el mundo posiblemente a muchos… no les va a gustar! Es exponerse a ser criticados, evaluados, juzgados… Mi modesto antídoto (el que me digo a mí misma) es éste: “Y qué?”.  Juan Salvador Gaviota voló de todos modos, aunque a su bandada no le gustara… y eso fue lo que le hizo encontrar su destino (y su verdadera bandada!).

Vigor: En la Psicología del Budismo es el antídoto para la pereza (un obstáculo que con frecuencia hace que uno no desarrolle el oficio de vivir). Noto interesante que en el Budismo se señalan tres tipos de pereza: 

a) La pereza de no querer hacer nada (que es en la primera que pensamos cuando mencionamos esta palabra). 

b) La pereza del desaliento: Sí, también es un tipo de pereza quedarse demasiado tiempo lamentando lo no logrado!

c) La pereza de estar demasiado ocupados: Ups! Y esto? Sí: demasiado ocupados con lo nimio, lo intrascendente, lo que “tira para afuera”, lo que no deja nada, lo que nos sirve como excusa para escaparnos de lo que verdaderamente vale… 

Pasión: Sí… la sensibilidad abierta, latiendo ante la tarea, hallando aquello que oficie de mano para batir el tambor de adentro… Darnos la oportunidad de subrayar la Belleza, de lanzar nuestra flecha hacia donde aún no hay blanco, de ser la flecha misma para, simplemente, surcar la vida vivos…

Así lo relató el extraordinario Hamlet Lima Quintana en uno de sus tantos poemas. (Si tienen ganas de escuchar la voz de este autor, profunda y certera, en otra de sus obras, le invito a clickear este enlace.)

 

  Hay que estar vigilando cada instante,                                                           

  cada momento en que transcurre el tiempo,

cada segundo con la mente abierta,

cada golpe de luz, destellos de la vida,

para atrapar un ángel, el milagro 

que cotidianamente se presenta

como alimento de nuestra subsistencia.

Es el oficio que nos marcó la sangre,

el cazador de cada fantasía,

el oficio común de andar viviendo

como un atrapador de la belleza,

esa que inadvertidamente pasa 

entre golpes de vida, entre las sombras

y solo el ojo experto, acostumbrado

a ver la fiesta de colores

encerrada en el aire de las cosas,

procede a su rescate y reconstruye

una vida común, una alegría 

que le sirve a la gente como pájaros

que vuelan hacia el sol y permanecen.

Vivir es un oficio ejercitado en la tarea

de atrapar milagros que navegan 

en nuestra propia sangre

y en el aire de tránsito al futuro.

© Virginia Gawel

(Publicado en la revista Sophia OnLine en junio de 2014.)

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