lunes, 15 de septiembre de 2014

Nuestros padres: Un desafío vincular



El enfoque Transpersonal integra la Psicología de Occidente con el conocimiento de las Filosofías de Oriente, brindando una visión integral del ser humano. Esa visión incluye aquello que hace a la búsqueda de Sentido, de lo Trascendente (un impulso innato que toda persona lleva en sí misma, se exprese claramente o no). A partir de esta visión integral, el enfocar el tema de los lazos familiares implica investigar el sentido de aprendizaje que esos lazos puedan proveer al individuo: cada circunstancia vital implica una oportunidad de transformación. ¿De transformación hacia qué? Hacia lo que uno realmente es: reconocer los condicionamientos vitales que constituyen nuestra personalidad y trabajarlos para que su accionar mecánico no impida la expresión de nuestra verdadera identidad esencial (lo cual es un trabajo realmente arduo, que nadie puede hacer por nosotros!).

      Entonces, teniendo en cuenta este marco conceptual, ¿cómo abordar el trabajo sobre sí mismo en relación a nuestros padres? Podríamos señalar dos puntos de partida, indispensables de ser enunciados:

      • Los padres siempre son, en la dinámica psíquica de todo individuo, una problemática a resolver: cualquiera haya sido su actitud en la crianza, los condicionamientos por ellos impresos en nuestro interior requerirán de un trabajo personal para ser elaborados, transformados, digeridos, de modo que pueda emerger nuestra propia identidad, más allá de ellos, y aún gracias a ellos. (Si resultaron ser intolerantes, expulsivos, absorbentes, tortuosos... es claro que habrá mucho por trabajar con esas improntas; pero también lo será si han sido muy bondadosos, tiernos, aceptantes... "ideales", porque quizás tengamos que trabajar intensamente para desapegarnos de ellos y diferenciar quiénes somos nosotros, más allá de su admirable modelo.)

       • Desde esta mirada de la Psicología y la Filosofía, cada persona es, en su esencia, una porción de lo Sagrado que viene a vivir una experiencia humana. Esa experiencia estará estructurada en base a un guión vital, cuyas instancias implicarán aquéllas circunstancias que esa esencia en particular necesita para evolucionar hacia una conciencia más plena. En ese guión vital habrán personas que oficiarán de cincel para que podamos esculpir nuestro interior (tal como nosotros lo seremos para los demás): como decía Miguel Ángel, esculpir implicará quitar lo sobrante para descubrir la obra de arte que siempre estuvo en la piedra. Nuestros padres serán quizás los principales cinceles, no tanto por lo que ellos hagan hacia nosotros, sino por lo que nosotros hagamos con lo que ellos nos dieron.


      Aquí hay un punto que no quisiera obviar: quizás sea una simplificación decir que "uno tiene los padres que se merece" (visión que fomenta el movimiento de la Nueva Era). Pero tal vez nos aproximemos a la verdad (aunque parezca obvia) si enunciamos que uno tiene los padres que tiene, y eso es irremediable. Bien: la actitud inteligente será ¿qué hago con esto que tengo, siendo que no puedo tener otros? ¿Cómo puedo poner a jugar a favor esta circunstancia ineludible que son mis padres? Para ello tendré que ejercer la madurez suficiente como para, en algún momento de mi vida, renunciar a lo que yo hubiera querido recibir de ellos. Ese acto de renuncia, de soltar la expectativa insatisfecha, es un paso indispensable para comenzar a establecer un vínculo más maduro con nuestros padres, -estén vivos o no, estén cerca nuestro o no-.

      Y aquí hay algo más, que es sumamente importante: los padres son un vínculo ineludible no sólo porque el niño estará supeditado a ellos en su incapacidad de autovalerse. Será un vínculo ineludible aún de adultos, así sea que por cualquier grave razón se decida no relacionarse más con ellos. Seguirá siendo ineludible porque nuestros padres van dentro nuestro(como alguna vez me una paciente dijo: "Me los comí, y están funcionando dentro mío!".) Al estar dentro nuestro actuarán desde nuestra conducta, y cuanto menos elaborada tengamos esta introyección involuntaria, más la proyectaremos en los vínculos que establezcamos con otras personas (particularmente en los vínculos de pareja y en las relaciones que impliquen autoridad).

      Podría decirse que si el vínculo originario con nuestros padres no está trabajado, sólo encontraremos en nuestro camino... padres y madres! De un modo u otro convertiremos sutilmente a los demás en aquellas figuras paternas, proyectando sobre ellos como en una pantalla blanca las diapositivas que guardamos en nuestro inconsciente. A medida que el individuo trabaja sobre ello, sólo entonces podrá ir estableciendo vínculos reales con los demás, sin distorsionar al otro con sus proyecciones, sino comenzando a ver un otro real (ya no teñido con esos contenidos inconscientes: temores, expectativas, necesidades insatisfechas, rencores...).

      Ahora bien: estábamos hablando de nuestros padres introyectados, que van con nosotros estén vivos o no, los veamos con frecuencia o no. Ésa será la materia prima de un hondo trabajo sobre sí que en el Viaje del Héroe será inevitable. Al hacerlo, la resultante irá siendo una mayor comprensión de quiénes fueron y de cómo funcionan en nuestro psiquismo, y, con frecuencia, un agradecimiento por haber contado con esa posibilidad de aprendizaje. Pero... ¿cómo abordar desde esta mirada el vínculo con nuestros padres reales, de carne y hueso? Detengámonos un instante en esta cuestión.

      Lo principal es tomar conciencia de que, casi sin excepción, nuestros padres nos son desconocidos (y casi con seguridad nosotros también lo somos para ellos!). Esto significa que el vínculo padres-hijos es, durante largos años, silvestre: está dado, por default, lo cual implica que no lo hemos generado (tal como sí sucedería con una relación de amistad o de pareja). El punto es si, a medida que vamos constituyéndonos en individuos, decidimos cultivar un vínculo con ellos. Si nos quedamos con esa relación silvestre originaria, difícilmente podremos transformar los condicionamientos impuestos por los respectivos roles. Pero en algún momento de nuestro proceso de maduración, más tarde o más temprano puede ser que decidamos generar un vínculo personal con ellos, más allá de los roles: allí descubriremos un hombre, una mujer, seguramente muy distintos de la imagen con la cual nos veníamos relacionando hasta entonces: ¿Quiénes son esos dos humanos? ¿A qué le temen? ¿Qué anhelan? ¿Qué significó para ellos ser padres, y ser hijos? ¿Qué aspectos de su historia desconocemos, que puedan llegar a compartirnos de igual a igual, para armar con nosotros el rompecabezas familiar? Esta tarea requerirá diálogo, actividades compartidas... desarrollar el arte de crear intimidad, en mayor o en menor grado.

      Muchas veces esto será difícilmente posible (e inclusive excepcionalmente podrá ser no deseable, si los padres son tan tóxicos como para que el mal menor sea, simplemente, mantener una higiénica distancia). Pero muchas otras (quizás la mayor parte de las veces) esta actitud por parte del hijo resultará un pasaje hacia otra realidad vincular, que tal vez ni siquiera se habría imaginado.

      Para ello es indispensable darse cuenta de que cuando uno está frente a su padre, frente a su madre, generalmente no se relaciona con esa persona real, sino con una vieja imagen de ella, primitivamente elaborada desde niños. ¿Puedo permitirme explorar quién es ese humano que ofició el rol de padre o madre en la obra de teatro que es mi vida? Si no fuera mi padre o mi madre, ¿me interesaría saber algo de esa persona? (Sabiéndolo, conoceré mucho sobre mí, pues el Inconsciente Colectivo Familiar funciona en cada uno de nosotros, nos demos cuenta o no. Y el verdadero conjuro para romper el hechizo de los mandatos inconscientes es traerlos a la conciencia, de modo que pierdan su mecánica efectividad.)

      La Humanidad va evolucionando, generación tras generación. Nuestros ancestros han librado sus propias batallas, y somos herederos de sus zonas no resueltas, así como de sus aprendizajes, impresos en nuestros genes y en el clima de nuestra crianza. ¿Podemos tomar la antorcha y seguir el Camino, haciéndonos cargo de quienes somos, hayan sido quienes hayan sido nuestros padres? Es una tarea ardua. Y conlleva mayor responsabilidad en ella quien más conciencia tiene: muy probablemente, más que nuestros padres, nosotros mismos. Esto es duro y bello a la vez, porque esa responsabilidad es nuestra potencia, nuestra capacidad indelegable de mirar quiénes somos, cuáles son nuestras trampas, cuáles nuestras cadenas, y trabajar lúcidamente para librarnos de ellas. Ése es el eje del Sentido de nuestra vida. Y la libertad que cada uno logre, 
individualmente, es el aporte que cada uno de nosotros puede hacer a la evolución de la Humanidad toda. El trabajo sobre los vínculos parento-filiales es esencial en ese Camino.

      Ningún mandamiento indica amar a los padres, sino honrarlos. De lejos o de cerca. Honrarlos significará apreciar los aprendizajes que puedan provenir del vínculo con ellos, y apreciar también el hecho de que hayan sido vehículo para nuestra venida a la experiencia humana. Es tarea de todos: nadie está solo en ella. Una tarea difícil, trabajosa, y, en algún sentido, bella. Que cada uno pueda hacerla. Que cada uno quiera hacerla!

Virginia Gawel
Este artículo fue publicado por la revista "Uno Mismo" en diciembre de 2005.

Un cuento para darse cuenta

     
Escribí este cuento en 2004 para un programa de radio que en aquél año realizaba. Está basado en algo real que viví yo misma con mi padre. Hoy lo encontré, y quiero convidarlo para quien pueda servirle. Va con mi abrazo!

      Eran demasiado parecidos: con el enojo a flor de piel. Y, tal como dos combustibles resultan peligrosos de juntar, permanecían estancos, uno al lado del otro, hasta que alguna chispa insignificante los inflamaba. Y, a la hora de la explosión, poco importaba cuál de los dos se había encendido primero: la cosa quemaba, y no era fácil apagarla.

     Ese día, Alex había vuelto de la Facultad irritado: los docentes estaban de paro, por lo cual, ni bien había llegado a Buenos Aires, tuvo que volver a subirse al tren, y, allí, aprovechar el tiempo dándose clase a sí mismo. Es que... si no estudiaba en el tren, no había dónde ni cuándo: la única manera en que podía costear sus estudios era trabajando medio turno en una escribanía. Así que, las seis horas de viaje diario (tres de ida y tres de vuelta) se habían convertido en su principal tiempo de estudio, y el tren, en su cuarto de lectura.

     Psicología! ¿Por qué él, hijo de metalúrgico, criado en un pueblo perdido en el Oeste, había ido a parar a una carrera así? Pero es que... no podría haber sido otra. Siempre haciéndose preguntas, sensible, introvertido, huraño y solitario, leyendo esos libros raros...

     Los libros a veces le dejaban la cabeza como panal de abejas caído de un árbol: sus pensamientos zumbaban, giraban, lo ensordecían con su agitada inquietud. Sus casi veinte años eran un hervidero de sentires. Y esas emociones pocas veces se dejaban domesticar: más parecían potros salvajes, imposibles de ser enlazados, y mucho menos de permitir ningún arnés. ¡Tantas veces se pescaba a sí mismo diciendo lo que no quería a quien no debía! De pronto se daba cuenta de lo que había hecho, de lo que había salido de su boca, se mordía la lengua... pero ya era tarde. Ya su dardo se había insertado en la yugular del contrincante, aguda y certeramente, allí donde más le doliera.

     A veces disfrutaba de tener esa habilidad verbal, pero las más de las veces el sabor final al derrotar a su oponente era más parecido al de las naranjas amargas. ¿Por qué no podía parar antes, al menos un instante antes?

     ¡Y es que... era como su padre! De él había heredado esa reactividad de relámpago, ese modo rápido y marcial de dejar al otro sin palabras. El solo pensar en lo parecidos que eran le fastidiaba. Cómo no iban a discutir! Pero, tengo que decirlo: cuando la discusión era con su padre, al ganar no le quedaba ese gusto amargo: derrotarlo con su dialéctica le hacía sentir cierto poder, cierta confianza en sí mismo y en su propia inteligencia.

     Bueno... al menos así había sido hasta hacía poco. Últimamente, algo extraño le estaba pasando: ganar la pulseada con su padre ya no le estaba resultado tan grato. Quizás porque estaba comenzando a verlo con otra mirada, y se daba cuenta de quién era su padre: un desconocido. Alguien a quien había dado por sentado: "Es mi papá". Sin embargo... ¿quién era? ¿Cómo era? ¿Qué pensaba cuando se quedaba en sus largos silencios? ¿Qué sentimientos pulsaban en su interior?

     Cuando Alex leía en sus apuntes de la Facultad sobre la figura del padre, buscaba encontrarlo retratado en las descripciones; de aquí y de allá iba rescatando porciones de su realidad, como quien arma un rompecabezas cuya figura final aún no es deducible.

     A escondidas de la Psicología oficial, Alex se sentía cautivado por otraPsicología: Herman Hesse, Krishnamurti, Aldous Huxley le hablaban de otras ideas: de la importancia de tener conciencia de sí, del darse cuenta, del hacerse cargo de quien se es, de convertir la propia vida en un apasionante experimento...

     Esas ideas trabajaban dentro suyo como el agua del río trabaja poco a poco la tierra de la costa. Algo le estaba sucediendo en lo íntimo de sí, pero aún no sabía qué.

     ¿Por qué estaba sintiendo esa insatisfacción al discutir con su padre, aunque le ganara? ¿Qué era eso? ¿El famoso Superyo del cual hablaba Freud? ¿Al fin y al cabo... culpa? ¿O algo más hondo aún, más de su alma, más propio del espíritu?

Lo cierto es que ese día sucedió: estaba, entonces, volviendo de la Facultad, cansado e irritado. Dejó en su habitación los libros, se lavó las manos, y se dispuso a cenar. Ya era tarde. Sin embargo, su padre y su madre aún estaban en la mesa. Se sentó como de costado, con su actitud habitual: extremadamente serio, metido para adentro como un caracol.

     Después de un rato de silencio, en el que sólo sonaban los cubiertos contra la loza, la voz de su padre se hizo escuchar:

     - ¿Se puede saber qué te pasa, que tenés esa cara?

     Alex levantó los ojos del plato, y vio que le miraba desafiante, con el ceño fruncido y el mentón hacia arriba.

     "Ahí empezamos otra vez", -se dijo Alex a sí mismo-. "No lo aguanto! 

     ¿Por qué no me deja tranquilo? ¿Por qué no se mete en sus cosas?..."

     Su padre detuvo el tenedor en el aire, como si fuera la batuta de un director de orquesta, acentuando con él cada sílaba de su consabida frase:

     - Te recuerdo que esto no es un hotel.

     Fue exactamente entonces que sucedió. Justo cuando se estaba encendiendo la mecha de su dinamita, Alex lo vio. Como si el tiempo se hubiera detenido, tomó conciencia súbitamente de toda la escena a la vez: se vio como desde afuera, sacando pecho y cargando aire como para lanzar un grito de respuesta; percibió los músculos de su propio cuello tensos como la cuerda de un arco a punto de dispararse; sintió el olor al guiso del invierno, con su dejo de orégano y laurel; escuchó afuera el ladrido nocturno de los perros; vio el rostro de su madre con su gesto angustioso, deseosa de que hubiera paz en la cena; todo eso percibió a la vez, y mucho más.

     Pero sobre todo, en ese instante, en ese simple e inolvidable instante,vio a su padre: sus manos magulladas por la viruta y las herramientas, su rostro apergaminado por múltiples calderas, la dureza de su gesto, incompatible con sus ojos aguados y azules, como de niño... Lo vio. Y vio que lo que su padre le estaba diciendo, -del único modo en que sabía hacerlo-, era algo así como: "¿Qué te pasa, hijo, que estás tan serio? Qué bueno que hoy cenes en casa. Pero... cómo nos gustaría verte más contento, que no estuvieras siempre tan ensimismado, tan triste... No sabemos cómo llegar a vos."

     Eso era lo que su padre le decía, pero sólo un traductor agudo y sensible podría haberlo entendido.

     Sí: estaba viendo a su padre tal cual era, como si una membrana se hubiera roto dejándolo pasar al otro lado de la realidad. Y al darse cuenta, hubiera querido cambiar su propia actitud iracunda... suspender su enojo, soltar los cubiertos y abrazarlo... pero tampoco él pudo. ¡Cuánto hubiera querido! Pero no pudo.

     Alex cerró los puños, abrió muy grandes sus ojos también azules y acuosos, y se levantó de la mesa, en silencio. Con paso rápido se fue a su cuarto. Cerró la puerta con un golpe seco, y se zambulló sobre su cama, boca abajo. Entonces lloró. Lloró no como un niño: lloró como un hombre. Por su mente pasaron escenas, lugares, momentos: su padre trabajando con las herramientas, y él, pequeño, chupándose el pulgar y mirando extasiado sus diestros movimientos; aquella vez en que papá no llegaba a casa, y él tenía miedo de que le hubiera pasado algo en la fábrica, hasta que por fin se escucharon por la vereda sus pasos vigorosos percutiendo el atardecer; la cantidad de veces en que a la madrugada, al irse a trabajar, su padre se acercaba despacito a su cama, creyéndolo dormido, y le dejaba un beso de aire (única ternura posible)...

     Y se dio cuenta de que estaba llorando de amor, lloraba de belleza. Y sintió ternura. Y piedad. Piedad, sí, piedad. Porque su padre no había tenido posibilidades de que alguien le enseñara, de comprender sus propias emociones, sus silencios, sus dificultades. De que alguien le ayudara a parir su ternura.

     Y Alex supo, inequívocamente, que si uno de los dos tenía que cambiar, ése era él. Porque él  había recibido las herramientas: el sostén, el apoyo, la posibilidad de aprender... Se dio cuenta de cuánto él esperaba de su padre, cuánto forcejeaba para que fuera diferente y, por hacerlo, desperdiciaba el disfrutar de lo que su padre  era: un hombre digno, un hombre bueno, un hombre lúcido y recto que se había hecho a sí mismo...

     Poco a poco sus pulmones fueron encontrando más espacio dentro de su pecho. Se irguió en toda su estatura, y sus pies dudaron: pensó en ir hacia la cocina y decirles, contarles a ellos lo que había comprendido. Pero no, no pudo. Quiso, de verdad, pero su amor propio aún no sabía doblar en ángulo recto...

     Se fue al baño, se lavó la cara, y, sigilosamente, salió por la puerta de calle. Sintió en las mejillas aún húmedas el frescor de la noche. A lo lejos, los perros seguían contándose sus novedades a la distancia. Poco a poco, la silueta de Alex se fue desdibujando en la oscuridad. Una paz desconocida, casi feliz, lo estaba inaugurando por dentro...

     Y les parecerá extraño, pero esa fue la última vez que Alex discutió con su padre: cuando uno ha comprendido a fondo, ya no puede descomprender. Sin embargo... en algo se había equivocado: no se sabe bien por qué, si por su propia actitud, o por las vueltas de la vida, pero lo cierto es que con el tiempo también su padre fue cambiando: se fue volviendo más calmo, más abierto, más blando, más íntimo...

     Todavía, cada tanto, es posible verlos juntos, en largas caminatas por las calles del pueblo, charlando de... no sé qué cosas, fundiendo sus dos sus siluetas, muy cercanas una a la otra, en lo oscuro de la noche...

La Comunicacion amorosa con los animales





El audio de la columna del programa radial "El rugido hace historia", donde Adriana Giuliano conversa con Virginia Gawel. Este programa fue realizado el jueves 4 de septiembre de 2014.

sábado, 13 de septiembre de 2014

Dejarse solo de sí mismo



Aunque suene extraño, de todas las soledades 
humanas ninguna es peor que estar solo de sí mismo. Es decir, que nuestra vida suceda sin que estemos allí.

Una tarde vino a verme Rosa, una mujer ya mayor. Me contó sobre el tiempo en que sus hijos eran pequeños, y dijo esta frase: "Hoy siento cierta pena, pues en aquél entonces yo era feliz, pero no me daba cuenta".

Los antiguos decían que éste es el primer despertar de una persona: darse cuenta de que no se da cuenta.

Puede ser un instante duro, y luminoso a la vez: descubrir que somos como máquinas que funcionan en automático... y a la vez que en nosotros mismos está la posibilidad de convertirnos en maquinistas conscientes.

Ir "despertando" es descubrir que muchas de nuestras acciones y decisiones no nacen de nuestro verdadero Ser, sino que son patrones asimilados de nuestro entorno, o bien automatismos de nuestro temperamento que saltan por sí solos, como resortes que pierden la chaveta cuando algo los activa...

Otras veces, los acontecimientos o las personas de nuestro entorno tocan algún área nuestra de dolor o de temor, y nos vemos respondiendo con una intensidad inapropiada, devastando vínculos, malogrando buenos momentos o evitando justamente aquello que nuestro corazón más anhelaría.

Despertar... es advertir que uno vive a diario preso de sus mecanismos.

Pero, justamente, ese despertar es la lima que empieza a rescatarnos de entre los barrotes...

Sostener la habilidad de estar realmente presentes a cada instante requiere de entrenamiento.

Diversas Tradiciones de Sabiduría han diseñando distintas técnicas para ello; todas apuntan a ejercer una tipo especial de atención que implica el arte de ser lúcidos tripulantes de nuestro cuerpo, tanto para degustar una manzana como para expresar afecto, para saber poner límites o crear intimidad, para ejercer nuestra vocación o mirar encendidamente las estrellas...

Una atención sin elección (como decía Krishnamurti), pues lo observa nuestros procesos internos sin juzgar: "esto me gusta, esto no"; cuando nos juzgamos autogestamos conflicto, y lo rechazado se reprime, escapando a nuestra observación.

Estar presentes aceptando quienes somos, para evolucionar hacia ser cada vez más auténticos: ESO ES DEJAR DE ESTAR SOLO DE SÍ MISMO.

Rumi, el poeta persa, hacia el 1200 lo dijo así:

"Visión, no veas nada que yo no vea.
Lengua, no digas nada.
La manera en que la noche se conoce con la luna,
sé eso conmigo.

Sé la rosa más cercana a la espina que soy .

Quiero sentirme en ti cuando pruebes la comida,
en el arco de tu mazo cuando trabajes,
cuando visites amigos,

cuando tú solo subas al techo por la noche.

Nada hay peor que caminar por la calle sin ti.

No sé a dónde voy.
Tú eres el camino, y el conocedor de caminos,
más que mapas, más que amor." 




Virginia Gawel - Publicado por la revista "Uno Mismo", 2007

miércoles, 10 de septiembre de 2014

Detenerse... y luego seguir!




Brother David Steindl-Rast en Patagonia, filmando junto al fotógrafo Diego Ortiz Mugica para el video-libro que se publicará a fines de 2014. (Imagen: Virginia Gawel)

Es bueno no querer más de esto: estar aturdidos,sobreestimulados, acelerados, hipnotizados por el abrumador ritmo del día… Sin embargo, pareciera ser que cada vez más la vida va empujando para que no podamos salir del remolino. Hasta que uno decide hacer algo diferente. Porque así como se puede estar a solas y lleno por dentro de ruido y de tensión, se puede estar en medio de la muchedumbre, de la autopista o del mercado, llevando el silencio consigo.
Valga una aclaración: no es fácil, y requiere de entrenamiento. Sin embargo, es posible. A la mayoría de las personas que buscamos un Sentido más profundo para nuestra vida nos toca ser algo así como monjes laicos y silvestres, cuyo monasterio es el mundo. ¿Por dónde comenzar a sembrar la semilla del silencio, para que germine decidida y fragante en cualquier terreno?
Las Tradiciones de distintos tiempos y culturas (o, como les llamó Aldous Huxley, la Filosofía Perenne: ese núcleo en común que tienen el Budismo, el Misticismo Cristiano, el Sufismo, el Taoísmo…), nos invitan a realizar distintas prácticas que hoy hasta la Psicología ha incorporado como indispensables, no sólo para sostener un equilibrio emocional, sino también para ir viviendo fieles a sí mismos. (De hecho, la Psicología Transpersonal abreva directamente en esas antiguas Tradiciones, apuntando a que la persona pueda cultivar lo más sano de sí misma.)
Enumeremos aquí cinco ítems, como para agendarlos y darles lugar en nuestra vida cotidiana…
- Crear en algún rincón de nuestra casa (como propone el monje vietnamita Thich Nhat Hahn) un espacio de silencio en el cual todo habitante de ese lugar pueda ingresar a aquietarse, a parar el vértigo, a estar eximido, inclusive, de interactuar con los demás. Un lugar respetado por todos, que puede ser un simple almohadón, donde, quien lo ocupe, genere el hábito lúcido de encontrarse con ese silencio.
Percatarse de todo lo que está sucediendo en nuestro interior puede equivaler a ese espacio vacío que anida en el centro de un huracán: allí nada se mueve, nada gira, hay una quietud única. Y cuando luego uno vuelve al trajín del día, ya nada es igual: la atención está con nosotros, dándole otro significado a cada instante.
- Disponerse a practicar, en cualquier momento del día, un “STOP!” interno que instale una tregua en nuestros automatismos: emociones, pensamientos, tensiones corporales, actitudes… en ese instante pueden ser advertidos. Y sólo uno puede elegir su conducta una vez que uno se da cuenta! Puede ser de pie, en cualquier lugar (la parada del bus, el baño de la oficina o un templo al que entremos de paso). Allí, dejar que el cuerpo se balance, sintiendo la presencia personal con la mayor nitidez posible. Percatarse de todo lo que está sucediendo en nuestro interior puede equivaler a ese espacio vacío que anida en el centro de un huracán: allí nada se mueve, nada gira, hay una quietud única. Habitar ese espacio es habitarse a sí mismo. Y cuando luego uno vuelve al trajín del día, ya nada es igual: la atención está con nosotros, dándole otro significado a cada instante.
- Algo que siempre he sentido como un recurso muy bello es, como se dice en el Budismo Tibetano, abrir los sentidos. Sí: el cerebro se bloquea ante los múltiples estímulos que le llegan, y hay un momento en el que ya no percibimos. Advertirlo nos permite por un instante (y luego otro instante, y otro, y otro…) prestar atención a lo que llega a los oídos, y escucharlo de verdad. Es más: te invito a hacerlo ahora, antes de seguir leyendo: qué sonidos te llegan desde cerca y desde lejos, sin que lo hayas advertido hasta recién? Y luego podemos pasar al tacto: sentir la ropa sobre el cuerpo, la presión en los puntos en los que éste se encuentra apoyado, la temperatura del ambiente… Percibir con plena lucidez es habitar el presente. Y uno más (aunque, desde ya, podríamos seguir con cada sentido), pero lo pondré en un ítem aparte…
- Se trata de (en una metáfora personal) instalar una cámara fotográfica debajo de los párpados. (Yo la llevo a donde quiera que vaya!) Mirar intentando ver. Tomar fotos con los ojos a los detalles de Belleza que se asoman por doquier: en este instante en que escribo, la nariz de mi perro ocupando su redondo espacio oscuro contra la manta clara, plena de húmeda textura… Un colgante de vidrio azul que me mira desde la ventana, cobrando vida al dejarse atravesar por la luz… Los zapatos que están junto a mi cama, ambos como si tuvieran vida propia, carácter, identidad, mostrando distintos matices de color que requerirían de la paleta de Van Gogh para ser fiel a lo que mis ojos registran. Cuando intentamos ver, la memoria se corre y deja abiertas, -como también decía Huxley-, “las puertas de la percepción”. De pronto, lo cotidiano se vuelve asombroso; y a-sombrarse es salir de la sombra, aunque sea por un momento. (Y luego otro, y luego otro…)
- Como señala el hermano David Steindl-Rast, no dar por sentado: aún yendo en el metro o en un ascensor, en la abigarrada calle o ante el silencio campestre, crear espacio para la extrañeza. Son raras tus manos, en este instante allí, donde están apoyadas, con su piel tan distinta en la palma que en el dorso, y sus uñas en la punta de cada dedo así, creciendo persistentemente sin que el dedo se estire con ellas… Son milagrosos los huesos de tu cuerpo que te mantienen erguido contra la increíble fuerza de gravedad que podría licuarte en el aire… Son sorprendentes tus pulmones que respiran lo que los árboles te han regalado para este día… y al exhalar, tu aire los nutre a ellos, en perfecta reciprocidad.
Cuando ampliamos la conciencia y no damos por sentado lo que nos rodea, recobramos la oportunidad del instante. Rompemos el hechizo del trance en el que el entorno busca involucrarnos. Nos convertimos en colegas de la Vida, siendo Vida viva, allí en donde estemos. Como decía el querido Walt Whitman, nos hacemos cargo de esto: “Por mi fluyen sin cesar todas las cosas del universo.” Si lo vivimos una vez, esa comprensión nacida del silencio facilita futuras comprensiones.
Todo comienza con un “STOP!”. Detenerse. Observarse. Observar. Y, como dice el hermano David, luego seguir… Pero ya no igual.

Columna de Virginia Gawel para el sitio web de "Vivir Agradecidos", publicada en julio de 2014: http://www.viviragradecidos.org/detenerse-y-luego-seguir/ 

lunes, 25 de agosto de 2014

El actvismo unipesonal: un audio para compartir





Podemos ejercer un activismo unipersonal, cotidiano, renovado día a día. Siempre hay algo más para hacer que decir "pobrecitos!" hacia los sectores vulnerables. En esta entrevista radial del programa ("El rugido hace historia", conducido por Adriana Giuliano), algunas ideas para ser un activista en pequeños o grandes gestos...

jueves, 21 de agosto de 2014

"Gente Esencial": Pedro Aznar charla con Virginia Gawel



No es un reportaje. No es una entrevista. Es una conversación de humano a humano, de hondura a hondura, abordando los temas más esenciales que en esas ocasiones "angeladas" se pueden transitar: la vida y la muerte, los procesos de transformación, los laberintos de la creatividad, la inteligencia sensible del Inconsciente, el valor para atravesar los tramos dolorosos y salir fortalecidos... Quizás la cualidad de convertir la propia historia en algo así como describió su vida el poeta Rumi: "Ardí, ardí y ardí". Luminosamente.

Nota: El poema al que se alude en este diálogo, escrito por Pedro ante la partida de su madre en 2011, es el siguiente: 

Declinación

Sí, esta es la forma en que yo aprendí a soportar
el dolor
Es mi ritual
mi oración
mi homenaje
mi refugio
Grito hecho palabra hecha música hecha grito

Velas e incienso en cada rincón de la casa
Cenizas como tiempo derrumbado
Fuego efímero
La vida

Reconocer tu cuerpo
Quién soy yo para reconocer tu cuerpo?
En la planilla firmo: hijo
Qué es hijo? Qué, tu cuerpo inhabitado?
Dónde estás, mujer que fue de mí
lo que de todos es primer llamado
primer y último refugio ante el miedo de la noche,
de la incertidumbre,
de la nada?

Una rosa
más que apenas una rosa:
señal de la belleza
encarnación de lo eterno
aquí y ahora
Rosa que echó espinas
para que la vida duela menos
Estoica rosa de los vientos
señalando direcciones
sin ir
Agua de rosas
manando en el servicio
que aceptaste como natural designio
de mujer
de tu generación
Lo diste todo
y nada reclamaste
roja rosa rozagante
batallando cada día bajo lluvia o sol

Lo diste todo

Por él
y por nosotros
que te debemos los días y las noches

Esta noche de adiós
me hace preguntar cuánto de vos quedaba en pie
en la neblina espesa
que a veces te envolvía
Te protegiste, acaso, en un nuevo laberinto de espinas
para que estos años
sin él
no te dejaran de golpe frente a todo?

Me quedé con ganas de decirnos más
pero imagino que siempre debe ser así
Me tocan ahora a mí
los años sin ancla
la orfandad que vos tuviste que vivir desde tan chica

Rosa
primera palabra que aprendí en latín
declinándose en calles de infancia
manito con pan que roba gusto a magia al borde de la olla
hombre de palabras que no encuentra hoy ninguna
que lo salve del dolor.


Virginia Gawel es Psicóloga, Directora del Centro Transpersonal de Buenos Aires. Pueden verse los demás encuentros de “Gente Esencial” en www.centrotranspersonal.com.ar

Realización audiovisual: Jorge Oviedo, para Ediciones Transpersonales del Sur.